De otoños calientes, e inviernos aún más calientes

José Ángel Brandariz

 

En estos días se cumplen tres años del momento en que empezamos a oír asiduamente el nombre  Lehman Brothers. Es obvio que nada ha sido igual desde aquel día. Una crisis financiera originada en el circuito secundario de acumulación, y que se había venido gestando desde el 2007 tuvo en ese día su momento seguramente más simbólico, antes de propagarse con rapidez más allá de los mercados de derivados financieros, generando un gravísimo problema de liquidez, con consecuencias en materia de ajuste de la actividad económica, recesión/estancamiento, desempleo masivo, exclusión social,…

La historia es sobradamente conocida. El último capítulo se ha dado en este verano no precisamente tibio, con la crisis de la deuda. Un momento más en el que se ha evidenciado el cambio radical de los flujos de capital, que ya no circulan de Norte a Sur, sino más bien de Sur, y Este, a norte. En este sentido, hablar de crisis económica  global  es, cuando menos parcialmente, forzar el uso de una metonimia. Hablar hoy de crisis, no sólo en los conocidos países emergentes, o en los estados del golfo, sino en lugares como Argentina, Turquía o Kazajstán, es ridículo.

En consecuencia, conviene ante todo reparar en que el escenario económico (y, en tal medida, el contexto de conflicto) no es unidimensional, sino que hay matices territoriales nada irrelevantes. Uno de ellos, también evidente, es que los países en los que el modelo de acumulación ha dependido en mayor medida del ciclo inmobiliario, y de las soluciones de financiarización vinculadas a éste, se encuentran en condiciones especialmente complicadas. Irlanda y el Reino de España están en este caso. La situación española, en concreto, es especialmente preocupante, si se repara en que, como apuntan E. Rodríguez e I. López en su magnífico  Fin de ciclo, el régimen de acumulación se ha sustentado sobre todo en una demanda interna vinculada a los efectos riqueza y a lo que denominan keynesianismo de precio de activos, es decir, al ciclo inmobiliario-financiero. No ha habido un modelo alternativo de crecimiento, y no parece que en estos tres/cuatro primeros años de crisis las políticas públicas perfilen tal alternativa, lo que supone seguirse moviendo de forma permanente en el corazón de la crisis.

A dos meses escasos de las próximas elecciones generales no parece caber duda de que, al igual que ha pasado en la mayor parte de los países de la UE, se prefigura una victoria electoral de la derecha. Ni siquiera Rubalcaba, llamado a controlar una ulterior transición en el PSOE, lo duda. Quizás el único interrogante es saber si el PP va a disfrutar de una mayoría absoluta (algo que los resultados de las elecciones de mayo no permiten en absoluto garantizar), o necesitará llegar a acuerdos de gobierno. No obstante, viendo las políticas puestas en marcha recientemente por CiU no parece que la hipótesis de una mayoría relativa del PP vaya a suponer grandes variaciones en el contexto gubernativo.

Es más relevante, desde una perspectiva de movimiento, saber de qué va a tener que encargarse de forma prioritaria el nuevo gobierno de la derecha. En un primer término, parecería que, por mucho que resulte en cierta medida contradictorio con el credo neoliberal, el PP habrá de encargarse sobre todo delgobierno de la economía. No en vano, las preocupaciones colectivas están hoy centradas por completo, y seguramente no sin razón, en la crisis. Es muy dudoso que el futuro ejecutivo de Rajoy tenga condiciones para poner en marcha con solidez un nuevo ciclo de acumulación. Ya Zapatero se le ha adelantado en la aplicación de buena parte del recetario neoliberal al uso, con magros resultados.

A mayor abundamiento, el problema del nuevo gobierno reside en que el reto del próximo periodo, el principal campo de juego político, es ligera –o sustancialmente- diferente: se trata, más bien, del  gobierno de lo social. Si es probable que no haya una mejoría muy sustancial de la crisis económica –y que se consolide una etapa de estancamiento permanente, como han conocido ya otros países- no lo es menos que lo social está acabando por convertirse en el verdadero quebradero de cabeza gubernamental.

Una crítica que el PP repitió contra el Zapatero de la primera parte de la crisis es que estaba incrementando el gasto público mediante partidas sociales innecesarias; pensar en ello resulta hoy un tanto paradójico, ya que probablemente Rajoy vaya a tener que encarar prioritariamente ese mismo problema de gobierno de lo social.

Existen varios indicios que permiten hoy pensar en un otoño, y en sucesivas estaciones, de retorno del conflicto social. En primer lugar, ya se ha insinuado, es muy difícil que el próximo gobierno sea capaz de dar una respuesta rápida al escenario explosivo en el que se superponen tasas de desempleo y subempleo descomunales, un endeudamiento de las familias no menor y el  efecto pobrezaderivado del actual momento financiero-inmobiliario.

En segundo lugar, existen pruebas de que la paciencia se está acabando. La negativa sería el innegable incremento de la xenofobia y del racismo, especialmente manifiesto en Catalunya, pero también en las medidas gubernativas de incremento de la confrontación con las poblaciones migrantes (vervigracia, la reintroducción de la autorización de trabajo para las personas rumanas). La positiva sería la no menos evidente emergencia de nuevos movimientos. Por una parte, las plataformas de afectados por las hipotecas, que han colocado en el centro del conflicto la cuestión del empobrecimiento. Por otra, y en relación con ello, el movimiento 15-M, que ha abierto un espacio de lucha social tan inesperado como novedoso. Seguramente un viejo sociólogo francés diría que se trata simplemente de un problema de desafiliación social. En este sentido, la visión más individualista podría plantear que sólo son personas que exigen su participación en la riqueza colectiva, o su posibilidad de ascenso social. No obstante, es aún más veraz pensar que se trata de la primera lucha que plantea, aún con todos los matices, que el conjunto de narrativas que han garantizado la paz social durante los últimos 35 años ha perdido su vigencia. Y esto prefigura un potencial de conflicto verdaderamente formidable.

En suma, Rajoy no lo va a tener nada fácil en el gobierno de lo social. Tal vez se tranquilice pensando en la válvula de escape del renacimiento de la emigración, que las cifras poblacionales del INE de 2010 muestran ya con claridad. Pero, mientras tanto, es muy probable que le espere un otoño caliente, y un invierno aún más caliente. A veces uno se pregunta si Papandreu no se arrepiente nunca de haber ganado las últimas elecciones griegas. Veremos si a Rajoy no le sucede lo mismo.

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Publicado originalmente en Periódico Diagonal, http://www.diagonalperiodico.net/

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