El parón de l@s indignad@s

Tx. do Pinto (C. Miñorano).

Asistimos a un período de gran agitación social. Los ciudadanos, indignados, se han echado a las calles y plazas para manifestar su disconformidad con el estado de las cosas, con la política y la gestión de la economía. Uno de los rasgos señalados de esa protesta es la acusación a los partidos políticos de ser incapaces de responder mínimamente a los intereses de la ciudadanía, y a la defensa del estado del bienestar y los derechos sociales, políticos, económicos y civiles con él asociados. Labor para la que, en principio, fueron votados, pero se percibe que los políticos engañan, se aprovechan de su condición para lucrarse personalmente, y que la corrupción es una pauta demasiado común en los despachos oficiales. La indignación también se debe a la percepción de que se están haciendo mal las cosas, de que reina un desapego generalizado con respecto a la responsabilidad auténtica y real que todos debemos tener en la sociedad; en tanto que trabajadores, realizando una labor digna y productiva, y como ciudadanos, creando, desarrollando y reforzando la sociedad civil.

Se percibe que el desajuste que impera en las relaciones sociales y laborales, así como en la economía y los ecosistemas, se debe a una insostenibilidad más general del sistema. Ese desorden mundial vendría causado por la implantación de un mercado global en manos de las grandes multinacionales, que exportan un modelo homogéneo de trabajo y consumo, del que extraen enormes beneficios a costa de la mayoría de la población, que observa cómo se deterioran sus condiciones de vida. El modelo que se exporta, alegan los grandes voceros mediáticos al servicio de los poderes económicos y los portavoces de los partidos, es el de la democracia. Más o menos liberal, discuten, como si en esa diferencia de grado se resumiese toda la paleta de colores: blanco y negro, amigos o enemigos del Imperio. Y entre la guerra contra el terrorismo, el choque de civilizaciones, las catástrofes naturales o las causas humanitarias, cualquier pretexto es bueno para emprender una cruzada en defensa de la democracia y el mercado.

La lucha de los indignados tampoco es nueva. Como bien trazó Camille de Toledo en su libro, Punks de boutique (2002), esta es la generación del doble derrumbe: la que se ha criado entre la caída del Muro y la caída de las Torres. La que, supuestamente, ha asistido al fin de la historia, al establecimiento de un “nuevo orden mundial único”, la que ha visto desaparecer toda posibilidad del afuera, por la absorción sistemática que el capitalismo de la imagen y del “espectáculo integrado” (Debord) hace de todos los márgenes contestatarios, de todo inicio de revuelta. Difícil es rebelarse en un sistema donde la economía que lo regula está en constante revolución. Donde la norma estética y moral reinante es cada vez más la obscenidad. Por eso también surge la indignación.

Los movimientos sociales de finales de los años noventa y de los primeros años del milenio, reunidos bajo el mismo lema de “Otro mundo es posible”, y que articularon sus iniciativas entre la celebración de Foros Sociales Mundiales, como los de Porto Alegre, y manifestaciones de protesta ante las reuniones de los grupos de poder, como el G8, la Comisión Europea o el Foro de Davos, siguen vivos, pero su fuerza quedó en gran parte desvirtuada por los tintes negro y rojo, de antisistemas y anarquistas, con los que nos los pintaban en los medios. Las noticias de disturbios organizados y a gran escala en el corazón de las ciudades, las batallas campales en las calles, entre Black Blocs y antidisturbios, panoplias de negro iguales, aunque luchando con armas desiguales, y la sangre de algún joven muerto injustamente, terminaron de apagar la llama, o al menos, permitieron dar por controlado el incendio.

Paralelamente, el poder político emanado de las urnas, aunque con una lacra de abstención muy considerable en la mayoría de los países desarrollados, bascula tendenciosamente hacia los partidos de color azul. Que se explican a sí mismos como más o menos liberales, porque, claro está, aunque se les suponga conservadores, son los primeros que parecen defender que sigamos trabajando hacia el futuro poniendo una fe ciega en las bondades del sistema. Más liberales, porque se les ve dispuestos a seguir apostando por lo que llaman progreso: la energía nuclear, la explotación de todos los recursos de la tierra, como la privatización del suelo, del agua, etc., y de las personas; la economía basada en el crédito y los capitales financieros, que juegan con el endeudamiento y el valor tangencial de las cosas, el cemento, y lo nuevo, que siempre da el pego, y aunque luego ya no vale nada. Pero menos liberales, porque se les ve poco proclives a adoptar, precisamente, fórmulas nuevas, alternativas a las recetas de siempre, que son las privatizaciones y el incremento de la productividad, y porque responden siempre con una actitud reaccionaria ante los cambios, las expresiones y formas de vida de sus tiempos, coartando libertades y derechos, al recordarcon aspereza que en cuanto a moral y costumbres, lo más importante ya se ha dicho y hecho, y no hay nada nuevo que inventar.

La protesta que ahora ha tomado las calles tiene otro color, o quizás otros colores, entre los cuales la bandera multicolor de los movimientos sociales en su vertiente más abierta y plural, pacifista e igualitaria. Guiados por el lema “¡Democracia real ya!”, que les libra de cualquier sospecha de antisistemas, los ciudadanos han demostrado su indignación con una larga acción directa no violenta; más que una sentada o una marcha, desplegando unaacampada en las principales plazas de las ciudades españolas. La protesta, es cierto, se extiende a nivel mundial; y está claro que los acontecimientos recientes del Magreb o de Islandia han sido, desde luego, un aliciente. Porque si algo tienen en común, si por algo destacan todas esas protestas, es porque provienen de movimientos sociales, en el sentido amplio de congregaciones de ciudadanos espontáneas, fruto, principalmente, del uso e interacción por medio de las TIC.

El transcurso de los acontecimientos parece imprevisible. La larga crisis mundial no tiene visos de retroceder, al menos en países, como España, donde la burbuja de la especulación infló tanto el “buen curso” de la economía. Recuperar el aliento y la confianza, esa parece ser ahora la consigna; salir del paro, nos dicen: volver al tajo. Pero este otro parón va para largo. Los ciudadanos se han parado, a la espera de que los políticos actúen, con responsabilidad y en consecuencia de lo que está pasando. Ya no necesitan desgañitarse en formular propuestas claras, aunque también lo han hecho, porque, como dijeron los otros, los políticos conservadores, los reaccionarios, los voceros y adulterados, “lo que esos jóvenes tengan que decir… ya se sabe”. Pues si se sabe, no queda más entonces que actuar.

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2 thoughts on “El parón de l@s indignad@s

  1. Me gusta el tono general, txito, y el contenido concreto. Tal vez faltan más comentarios sobre la estrategia, porque yo soy crítico de cómo se gestionó el impacto mediático, parecía que era una cuestión de meses. En Egipto la revolución se ha estado gestando diez años. No se pueden esperar frutos inmediatamente. Por eso es bueno escribir.

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