Estratexia e tácticas. Referencias para a análise do movemento do 15-M

Lawrence de Arabia

A continuación recóllense citas e extractos de contribucións procedentes de diversos autores que, segundo a nosa consideración, poden ser de algún modo útiles para o análise das prácticas e formas organizativas, (pre)visións e direccións tomadas polo movemento 15-M. Este post irá actualizándose sobre a marcha, engadindo novos puntos ao seu índice.

ÍNDICE: 1) De Certeau “Táctica e estratexia” en A invención do cotidiano; 2) T.E. Lawrence (alias Lawrence de Arabia), Guerrilla; 3) Wu Ming 4, Junto a los ríos de Babilonia; 4) Negri y Hardt, acerca de la multitud de los pobres y sus instituciones en Commonwealth; 5) Negri y Hardt, “La inteligencia del enjambre” en Multitud; 6) Reza Negarestani, “Ingeniería de plaga: el modelo población de ratas”, “La guerra como máquina de guerra” en “Cyclonopedia. Complicity with anonymous material”; 7) Guerra de cuarta generación. Tomado de La ciudad Tecnicolor; 8) Etc…

1) Michel De Certeau

[1980] 2000. “Táctica y estrategias ” en La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer.Universidad Iberoamericana, México D.F., pp. 42-44.

[…] Llamo estrategia al cálculo (o la manipulación) de las relaciones de fuerzas que se hace posible desde que un sujeto de voluntad y de poder (una empresa, un ejército, una ciudad, una institución científica) resulta aislable. La estrategia postula un lugar susceptible de ser circunscrito como algo propio y de ser la base donde administrar las relaciones con una exterioridad de metas o de amenazas (los clientes o los competidores, los enemigos, el campo alrededor de la ciudad, los objetivos y los objetos de la investigación, etcétera). Como en la administración gerencial, toda racionalización ‘estratégica’ se ocupa primero de distinguir en un ‘medio ambiente’ lo que es ‘propio’, es decir, el lugar del poder y de la voluntad propios. Acción cartesiana, si se quiere: circunscribir lo propio en un mundo hechizado por los poderes invisibles del Otro. Acción de la modernidad científica, política o miliar.

La instauración de una cesura entre un lugar propio y el lejano va a acompañada de efectos considerables […]

1. Lo ‘propio’ constituye una victoria del lugar sobre el tiempo. Permite capitalizar las ventajas adquiridas, preparar las expansiones futuras y darse así una independencia con relación a la variabilidad de circunstancias. Es un dominio del tiempo por medio de la fundación de un lugar autónomo.

2. Es también un dominio de lugares mediante la vista. La partición del espacio permite una práctica panóptica a partir de un lugar desde donde la mirada transforma las fuerzas extrañas en objetos que se pueden observar y medir, controlar por tanto e “incluir en su visión. Ver (de lejos) será también prever, adelantar el tiempo de la lectura de un espacio.

3. Sería legítimo definir el poder del conocimiento por medio de esta capacidad de transformar las incertidumbres de la historia en espacios legibles. Pero es más exacto reconocer en estas “estrategias” un tipo específico de conocimiento, el que sustenta y determina el poder de darse un lugar propio. Además, las estrategias militares y científicas siempre se han iniciado gracias a la constitución de campos “propios” (ciudades autónomas, instituciones “neutras” o “independientes”, laboratorios de investigaciones “desinteresadas”, etcétera). Dicho de otra forma, un poder es la condición previa del conocimiento, y no sólo su efecto o su atributo. Permite e impone sus características. Ahí se produce.

En relación con las estrategias (cuyas figuras sucesivas desplazan este esquema demasiado formal y del cual el vínculo con una configuración histórica particular de la racionalidad estaría por precisarse), llamo táctica a la acción calculada que determina la ausencia de un lugar propio. Por tanto ninguna delimitación de la exterioridad le proporciona una condición de autonomía. La táctica no tiene más lugar que el del otro Además, debe actuar con el terreno que le impone y organiza la ley de una fuerza extraña. No tiene el medio de mantenerse en sí misma, a distancia, en una posición de retirada, de previsión y de recogimiento de sí: es movimiento “en el interior del campo de visión del enemigo”, como decía Von Bülow, y está dentro del espacio controlado por éste. No cuenta pues con la posibilidad de darse un proyecto global ni de totalizar al adversario en un espacio distinto, visible y capaz e hacerse objetivos. Obra poco a poco. Aprovecha las “ocasiones” y depende de ellas, sin base donde acumular los beneficios, aumentar lo propio y prever las salidas. No guarda lo que gana. Este no lugar le permite, sin duda, la movilidad, pero con una docilidad de respecto a los azares del tiempo, para tomar al vuelo las posibilidades que ofrece el instante. Necesita utilizar, vigilante, las fallas que las coyunturas particulares abren en la vigilancia del poder propietario. Caza furtivamente. Crea sorpresas. Le resulta posible estar allí donde no se le espera. Es astuta.

En suma, la táctica es un arte del débil. Clausewitz lo comentaba a propósito de la astucia, en su tratado Sobre la guerra. Mientras más crece una potencia, menos puede permitirse movilizar una parte de sus medios para producir efectos de trapacería: es, en efecto, peligroso emplear efectivos considerables para aparentar, cuando este género de “demostración” resulta generalmente vano y cuando “lo serio de la amarga necesidad hace tan urgente la acción directa que no deja sitio para este juego”. Se distribuyen sus fuerzas, no se las arriesga a simular. La potencia está comprometida por su visibilidad. En contraste, la astucia es posible al débil, y a menudo ella sola, como un “último recurso”: “Mientras más débiles son las fuerzas sometidas a la dirección estratégica, más capaz será ésta de astucias”. Traduzco: más se transforma en táctica.

Clausewitz compara igualmente la astucia o ardid con el chiste: “Así como el chiste es una prestidigitación relativa a ideas y concepciones, la astucia es una prestidigitación relativa a unos actos”. Es sugerir el modo con el cual la táctica, prestidigitación en efecto, se introduce por sorpresa dentro de un orden.  […]

Autor de una gran sistema “estratégico”, Aristóteles se interesaba mucho en los procedimientos de este enemigo que pervertía, pensaba él, el orden de la verdad. De este adversario proteiforme, rápido, sorprendente, cita una fórmula que, al precisar el resorte de los sofismas, puede finalmente definir la táctica tal como la entiendo aquí: se trata, decía de Córax, de “convertir la posición más débil en la más fuerte”.

[N. unha aplicación práctica deste aparato conceptual aplicouse ao post “El miedo a la democracia” de Carlos Diz, neste mesmo blog.]

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2) T.E. Lawrence (alias Lawrence de Arabia)

[1929] (2004).  “Guerrilla”, entrada en la Enciclopedia Británica. Acuarela y  A. Machado, Madrid.

[La ciencia de la guerra de guerrillas]

Este estudio sobre la ciencia de la guerrilla, o guerra irregular, está basado en la experiencia concreta de la revuelta árabe contra los turcos en 1916-1918. Pero el ejemplo histórico adquiere a su vez valor del hecho de que su curso estuvo guiado por la aplicación práctica de las teorías descritas a continuación […]

Los libros de texto definían el objetivo bélico como “la destrucción de las fuerzas organizadas del enemigo” por “el único método de la batalla”. La victoria sólo podía comprarse con sangre. Esto era mucho decir, ya que los árabes carecían de fuerzas organizadas, de manera que un Foch turco no habría tenido un objetivo y, como quiera que las fuerzas árabes no sufrían bajas, un Clausewitz árabe no habría podido comprar su victoria. Estos hombres sabios debían de estar hablando con metáforas, puesto que los árabes estaban sin lugar a dudas ganando su guerra… y la reflexión posterior apunta en la dirección de que en verdad la ganaron. Habían ocupado el 99 por ciento del Hejaz. Bien podían los turcos quedarse con la fracción restante, hasta que la paz o el día del juicio les mostraran la futilidad de permanecer colgados del cristal de la ventana. […]

[1. El factor algebraico]

Los árabes perseguían un objetivo indudablemente geográfico, el de ocupar todas las tierras de lengua árabe en Asia. Al llevarlo a cabo era posible que tuvieran que morir turcos, pero “matar turcos” no sería nunca ni una meta ni una excusa. Si los turcos se retirasen sin más la guerra acabaría. Si no, habría que expulsarlos, pero al menor precio posible, ya que los árabes estaban luchando por la libertad, un placer que sólo disfruta el hombre cuando está vivo. La siguiente tarea consistía en analizar el proceso: tanto desde el punto de vista de la estrategia, del objetivo bélico, la mirada sinóptica que ve cada cosa bajo el prisma de la totalidad, como desde el punto de vista que llamamos tácticas, que son los medios para la consecución del fin estratégico, los peldaños de su escalera. En cada uno se encontraban los mismos elementos, uno algebraico, otro biológico y un tercero psicológico. El primero parecía ser pura ciencia matemática, sin humanidad. Lo constituían condiciones fijas e invariables: espacio y tiempo, elementos inorgánicos como colinas, climas o vías férreas, el género humano considerado como una masa sin variedad individual, y todas las ayudas artificiales con que la invención humana ha prolongado nuestras facultades. Este elemento era esencialmente sistematizable.

Traducido al árabe, el factor algebraico tomaría primeramente en consideración el área a conquistar. Un cálculo eventual indicaba quizás 140.000 millas cuadradas. ¿Cómo iban los turcos a defender todo eso? Sin duda con una línea de trincheras, siempre y cuando los árabes fueran un ejército que atacara con las banderas al viento. Pero supongamos que fueran una influencia, algo invulnerable, intangible, sin frente ni retaguardia, que se mueve como el gas. Los ejércitos son como plantas, inmóviles como un todo, enraizados, nutridos por largas ramas que llegan hasta la cabeza. Los árabes eran como un vapor llevado por el viento. Nuestros reinos estaban vivos en la imaginación de cada uno, y como no nos hacía falta nada en concreto para vivir, podríamos no haber expuesto nada en concreto a las armas enemigas. Un soldado resulta inútil sin un blanco, pues posee sólo el suelo que pisa y subyuga únicamente lo que puede apuntar con su rifle. El siguiente paso sería estimar cuántos puestos necesitarían para contener un ataque en profundidad, en el que la sedición alzara la cabeza en cada una de las 100.000 millas cuadradas sin atrincherar. Tendrían necesidad de un fuerte cada cuatro millas cuadradas, y cada uno de estos puestos no podría tener menos de veinte hombres. Los turcos necesitarían 600.000 hombres para enfrentarse con los rencores combinados de todos los árabes locales. Tenían 100.000 disponibles. Por tanto, las ventajas en esta esfera parecían caer del lado árabe, y clima, vías férreas, desiertos y tecnología podían también vincularse a sus intereses. El turco era estúpido y creería que la rebelión era absoluta, como la guerra, y lidiaría con ella usando las tácticas de la guerra absoluta.

[2. El factor bionómico o “la humanidad en batalla”]

Hasta aquí el elemento matemático. El segundo factor era biológico, el punto de ruptura, vida y muerte, o mejor, desgaste natural. Bionómico parecía ser un buen nombre para este componente. […]

La mayoría de las guerras son guerras de contacto, ambas fuerzas pugnan por seguir en contacto para evitar dar lugar a la sorpresa táctica. Pero la guerra árabe debía ser una guerra de separación: contener al enemigo mediante la amenaza silenciosa de un vasto desierto desconocido, sin revelarse hasta el momento preciso del ataque. Este ataque era sólo nominal, de manera que no consistiría en identificar los puntos débiles del enemigo, sino sus materiales más accesibles. Si se trataba de cortar una vía se escogía un tramo vacío. Esto era un logro táctico. A partir de esta teoría se desarrolló en último término el hábito inconsciente de no entrar jamás en contacto con el enemigo; lo cual a su vez congeniaba con la exigencia numérica de no ofrecer nunca un blanco al soldado enemigo. Muchos turcos del frente árabe no tuvieron ocasión de disparar un tiro durante toda la guerra, con lo cual los árabes no se encontraron a la defensiva salvo en contados accidentes. El corolario de una regla tal era la necesidad de perfecta “inteligencia”, para que los planes pudieran ejecutarse con total certeza. El agente principal debía ser la cabeza del general (De Feuquière dijo esto primero), y su conocimiento debía ser brillante, sin dar pie a los contratiempos. […]

[3. El factor psicológico o “la multitud en acción”]

El tercer factor al mando parecía ser psicológico, esa ciencia (Jenofonte la llamó diatética) de la que nuestra propaganda no es sino una parte sucia e innoble. Es el que concierne a la multitud, al ajuste del espíritu hasta que está preparado para explotar en acción. Es el que considera la capacidad de coraje de los hombres, sus complejidades y su mutabilidad, y el cultivo de lo que en ellos beneficia la intención. El mando del ejército árabe debía poner las mentes de sus hombres en orden para la batalla, cosa que hacía de forma tan meticulosa y formal como otros oficiales ordenaban sus cuerpos. Después, y en la medida de lo posible, se ponían en orden también las mentes del enemigo, la de la nación que lo apoyaba tras la línea de fuego, las de las neutrales que miraban y la mente de la nación hostil a la espera del veredicto.

Era lo ético en la guerra, y de este proceso dependía principalmente el mando para la victoria en el frente árabe. La prensa escrita es el arma más grande en el arsenal del mando moderno, y los comandantes del ejército árabe, siendo amateurs en este oficio, comenzaron su guerra en la atmósfera del siglo XX, pensando en las armas sin prejuicios, sin distingos sociales entre ellas. El oficial regular tiene tras él la tradición de cuarenta generaciones sirviendo a soldados, y para él las armas antiguas son las más honorables. El mando árabe debía preocuparse pocas veces por lo que hicieran sus hombres, pero muchas por lo que pensaran, siendo la diatética para él más de la mitad del mando. En Europa esta cuestión se dejaba un poco de lado y se confiaba a hombres externos al cuerpo general, pero el ejército árabe era físicamente tan débil que no podía permitirse que el arma metafísica se oxidara en un rincón. Había ganado una provincia cuando los civiles en ella habían aprendido a morir por el ideal de la libertad: la presencia o ausencia del enemigo era un asunto secundario.

[Alcance sobre la fuerza]

[…] El combate no era físico sino moral y, por lo tanto, las batallas eran un error. […] Los árabes no tenían nada material que perder, por lo que no tenían por qué defender nada ni por qué disparar a nada. Sus cartas eran la velocidad y el tiempo, no el poder de impacto, y éstas les dieron fuerza estratégica más que táctica. El poder de alcance tiene que ver más con la estrategia que con la fuerza. La invención de la carne en conserva había modificado la guerra terrestre más profundamente que la pólvora. […]

[El desierto y el mar]

Por su carácter, estas operaciones tenían algo de guerra naval, en su movilidad, en su ubicuidad, su independencia de las bases y las comunicaciones, en su ignorancia de características básicas, de áreas estratégicas, de direcciones fijas, de puntos fijos. “Aquél que domina en el mar disfruta de gran libertad, y puede tomar tanto o tan poco de la guerra como desee”: aquél que domina en el desierto es igualmente afortunado. Partidas de camellos tan independientes como los navíos podían navegar con seguridad a lo largo de la frontera terrestre del enemigo, justo fuera del campo visual de sus puestos a lo largo de la línea de cultivo y hacer incursiones o asaltos en sus líneas cuando se considerase el momento más fácil o más propicio, contando siempre con una retirada segura a sus espaldas hacia un elemento en el que los turcos no podían penetrar. […]

[Carros acorazados]

[…] La distribución de las partidas en las incursiones no era ortodoxa. Era imposible mezclar o combinar tribus, ya que no se gustaban o desconfiaban entre ellas. De la misma manera los hombres de una tribu no podían ser utilizados en el territorio de otra. En  consecuencia, otro canon de la estrategia ortodoxa se rompía aquí, al seguirse el principio de máxima amplitud en la distribución de la fuerza, con el fin de tener a mano el mayor número posible de incursiones a la vez. Además, se añadía la fluidez a la velocidad mediante el uso de un distrito el lunes, otro el martes, un tercero el miércoles… lo cual reforzaba no poco la movilidad natural del ejército árabe, dándole ventajas impagables, pues la fuerza se renovaba con hombres frescos en cada nueva región tribal, y así mantenía su energía prístina. En un sentido real, el máximo desorden era su equilibrio.

[Un ejército no disciplinado]

[…] el ejército árabe carecía de disciplina, en la medida en que ésta restringe y asfixia la individualidad para obtener el mínimo común denominador de los hombres. En tiempo de paz, en los ejércitos regulares la disciplina impone el límite de energía alcanzable por todos los presentes; es la búsqueda no de un promedio sino de un absoluto, de un ciento por ciento estándar en el que los 99 hombres más fuertes son rebajados al nivel del peor. El fin es hacer de la unidad una unidad y del hombre un tipo, para que así su esfuerzo sea calculable, e incluso en grano y a granel el rendimiento colectivo. Cuanto más profunda es la disciplina más baja es la eficiencia individual y más previsible la realización. Es un sacrificio deliberado de capacidad con el fin de reducir el elemento de incertidumbre, el factor bionómico, en la humanidad alistada. […]

[Conclusión. Una guerra puede ganarse sin aniquilar al enemigo ni librar batallas]

He aquí la tesis: la rebelión ha de tener una base intocable, protegida no meramente del ataque sino del miedo al ataque: una base como la que la revuelta árabe tenía en los puertos del Mar Rojo, en el desierto o en las mentes de los hombres convertidos a su credo. Debe tener un enemigo extranjero y sofisticado, en forma de ejército disciplinado de ocupación demasiado pequeño para cumplir la doctrina de la extensión: muy pocos soldados como para ajustar el número al territorio, como para dominar con eficacia el área completa desde puestos fortificados. Debe contar con una población amistosa, no activamente amistosa pero simpatizante hasta el punto de no desvelar los movimientos rebeldes al enemigo. Las rebeliones pueden hacerse con un 2 por ciento de la fuerza en activo, siempre que el 98 por ciento pasivo simpatice con la causa. Los pocos rebeldes activos deben poseer las cualidades de resistencia, velocidad y ubicuidad, y contar con arterias de abastecimiento independientes. Deben contar también con el equipo técnico necesario para destruir o paralizar las comunicaciones organizadas del enemigo, ya que la guerra irregular viene a ser aquello que Willisen definía como estrategia, “el estudio de la comunicación” en su grado extremo, para atacar ahí donde el enemigo no está. En sesenta palabras: si se garantiza la movilidad, la seguridad (en la forma de negar blancos al enemigo), el tiempo y la doctrina (la idea de convertir a cada individuo en simpatizante y amigo), la victoria estará del lado de los insurgentes, pues los factores algebraicos son al final decisivos, y contra ellos las perfecciones de medios y de espíritu combaten del todo en vano.

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3) Wu Ming 4

(2003).  Junto a los ríos de Babilonia. Apuntes sobre la teoría de la guerrilla de T. E. Lawrence (alias Lawrence de Arabia)

[…] Los grandes teóricos de la guerrilla revolucionaria del siglo XX, de Lenin a Mao Zedong, de Ho Chi Minh al Che Guevara, ideólogos y dirigentes carismáticos de la guerra del pueblo, han aprovechado las implicaciones políticas que la guerrilla antiimperialista ha tenido en su siglo. El mismo hecho de que sus textos sean más conocidos que los de Lawrence confirma el celebérrimo axioma de Clausewitz que coloca a la política y a la guerra en el mismo plano, o mejor, que las califica como dos modos distintos de perseguir los mismos fines. Si aceptamos la definición guevarista del guerrillero como reformador social con fusil, deberemos reconocer que Lawrence, seguramente ingenuo en el plano político, no podría proseguir con otros medios ninguna intención “revolucionaria”.

Un enfoque de este tipo sin embargo ensombrecería la naturaleza herética de su pensamiento que -mejor no olvidarlo- permanece en el interior de la amplia reflexión sobre la lucha y la guerra del pueblo.

Leyendo en profundidad sus textos es posible dibujar una diferencia esencial respecto a la teoría bélica producida por los grandes dirigentes revolucionarios del siglo XX.

Estos comparten de hecho un punto básico: piensan y practican la guerrilla como una fase de transición hacia el enfrentamiento abierto y hacia la “regularización” del ejército revolucionario. La guerra de bandos, a la que se añade un elemento moral y político, es la premisa de la insurrección generalizada y de la batalla final contra los usurpadores. La idea ya expresada por Lenin y Mao de que con el incremento de las hostilidades la guerrilla debe evolucionar gradualmente hasta convertirse en una fuerza ortodoxa, se encuentra explicitada por Giap cuando decide pasar de la guerrilla en la jungla al contraataque abierto, asediando así al contingente francés en Dien Bien Phu […] El concepto aparece más claro aún en Guevara:

Está bien claro que la guerrilla es una fase de la guerra que no tiene en sí misma la posibilidad de conseguir la victoria; es una de las primeras fases, para ser exactos, y habrá de desarrollarse y ampliarse hasta que el ejército guerrillero con su incremento constante adquiera las características de un ejército regular. Entonces estará preparado para dar al enemigo golpes decisivos y para obtener la victoria. El triunfo final será siempre el producto de un ejército regular, aunque sus orígenes hayan sido los de un ejército guerrillero. (Ché Guevara, La guerra de guerrilla, 1961)

En resumen, los grandes revolucionarios del siglo pasado no se desvinculan de la visión del conflicto bélico como batalla abierta, en la que las fuerzas enemigas se miden y vencen o sucumben según cuántas pérdidas efectivas consigan infligir al adversario. Es todavía un horizonte clásico al que tiende su guerrilla: al final del camino de la montaña se encuentra la llanura en la que espera el coronel Von Clausewitz. El guerrillero, “general de sí mismo”, según la definición de Guevara, es ya un soldado y un oficial en potencia.

Y éste es el punto de Arquímedes, compartido tanto por la doctrina clásica de la guerra como por la teoría de la guerrilla, que Lawrence ha pretendido sacar de sus goznes. No quiere tan sólo refutar la idea de que, como repiten a coro los manuales, la victoria puede obtenerse sólo a partir de una campaña regular, sino sobre todo quiere demostrar que ésta puede realizarse sin derramamiento de sangre. O mejor aún, que una guerra puede vencerse sin combatir en batallas.

Se trata sobre todo de un desplazamiento del eje geométrico de la guerra. Y también aquí es fácil notar una diferencia respecto a sus ilustres contemporáneos y sucesores. Estos teorizan una guerra móvil y dislocada, de constante muerde-y-huye para debilitar al adversario, como el tigre vence al elefante causándole constantemente heridas nuevas y haciéndole morir desangrado, poco a poco. Lawrence comparte y practica ya esta táctica, vieja como el mundo, pero desde un punto de vista estratégico la lleva a una radicalización extrema. Para los grandes revolucionarios del siglo XX, el elefante debe ser atacado sea como sea. Su sangre debe fluir hasta dejarlo a merced del golpe de gracia del tigre. El enemigo en sustancia es el metro con el que medir la acción bélica, el fulcro sobre el cual, dialécticamente, se centra el quehacer del guerrillero, al menos en la misma medida en que para Carl Schmitt es el elemento identificador de una sociedad política.

No es así para Lawrence. De acuerdo con él, el enemigo es tan sólo una contingencia de la lucha, no su objetivo.

El desplazamiento geométrico es doble. No sólo se establece una diferencia entre la guerra regular, basada en la idea de línea, de frontera, de atacar o defender, y la guerrilla, que actúa en cambio a partir de la profundidad, de la discontinuidad, del atravesamiento constante de las líneas para sabotear el trazado. Hay algo más. Lawrence sostiene que la acción de profundidad puede y debe desordenar completamente la geometría de una campaña regular: es actuando sobre un escenario en su conjunto como se desorienta a un adversario. La victoria se debe sobre todo a una acción intelectiva, a un cambio arbitrario de perspectiva, que no desafía la fuerza del enemigo, sino que la hace vana, la sortea y la vuelve inútil. Si un punto geométrico particular del mapa del teatro bélico es de importancia estratégica, la victoria no consiste necesariamente en conquistar ese punto, en el que el enemigo se siente inatacable, sino más bien en modificar el mapa entero para convertirlo en un punto de importancia secundaria. Desplazar la acción a otra parte, insistir en otros puntos, irse a otro sitio y dejar al enemigo que defienda atrincherado un lugar que se ha vuelto inservible.

La idea “lineal” de la guerra no puede aceptar en modo alguno una afirmación semejante. El mismo avance de la línea de fuego y de la frontera implica la necesidad de no dejar bolsas de resistencia a las espaldas: el enemigo debe retirarse o ser derrotado. Los puntos de la línea deben permanecer unidos entre sí. Desde este punto de vista, incluso el menos ortodoxo de los comandantes acepta la guerrilla sólo como recurso táctico, que al final debe conseguir los mismos objetivos: la sustracción del espacio al enemigo, es decir, la adquisición/liberación de un territorio dado.

A partir de esta doctrina, en 1916 las fuerzas anglo-árabes habrían debido conquistar la fortaleza de Medina antes de avanzar hacia Palestina y Siria, para no dejar ningún contingente turco a su derecha. Esto habría significado lanzar la carga de los beduinos contra las trincheras turcas, llenas de ametralladoras y cañones. Lawrence en cambio intuyó que una vez ocupados los puertos de la costa del mar Rojo y puesta en jaque la línea ferroviaria que unía la ciudad al resto del imperio otomano, Medina perdería cualquier importancia estratégica y así se transformaría en un callejón sin salida, un inútil pozo sin fondo para los recursos del enemigo.

Una tarde me desperté de un sueño pesado, bañado en sudor y devorado por las pulgas, preguntándome de qué servía Medina a fin de cuentas. […] Nosotros ya bloqueábamos el ferrocarril y ellos lo defendían. La guarnición de Medina, reducida a proporciones insignificantes, estaba agazapada en las trincheras y destruía ella misma sus propias posibilidades de movimiento, comiéndose a los animales que ya no sabía cómo alimentar. Les habíamos privado de la posibilidad de hacernos daño y ahora queríamos además adueñarnos de su ciudad. Pero, ¿para hacer qué? (Los siete pilares de la sabiduría, cap. XXXIII) […]

El que defiende una plaza ya ha perdido, pues está dando por descontada su centralidad en un escenario bélico complejo. No hay ninguna necesidad de atacar a quien ya está a la defensiva, basta con irse a otro lugar y dejar al enemigo donde está, atrincherado en la defensa de un lugar que en consecuencia se convierte en periférico y de escasa influencia. Se trata, por tanto, de hacer las cosas de modo que ese punto no sea de ninguna utilidad en el plano geométrico del conflicto, modificando este último y llevando el ataque a otro lugar.

La de Lawrence es una estrategia de sustracción. El enemigo no es combatido, sino abandonado y desorientado.
Se vuelve entonces a la primera pregunta: ¿es posible vencer en una guerra sin combatir ni derramar sangre?

Lawrence está profundamente convencido. Toda su idea de guerrilla se basa en la ausencia, en el conflicto a distancia, en la invisibilidad, que permitirá a los guerrilleros mantener siempre la iniciativa y retirársela automáticamente al adversario. Si el enemigo no puede verte, ¿contra quién dispara? […] Los fantasmas pueden causar mucho miedo a los ejércitos.

[…] Según Gilles Deleuze y Felix Guattari, esta tipología guerrera está conectada intrínsecamente a la naturaleza nómada y antiestatal de las poblaciones que practican la guerra irregular, y no al territorio en el que ésta se practica. Los nómadas comparten una concepción lisa del espacio, es decir, que conceben el espacio como un vacío atravesable y extendible, ya sea estepa, desierto o mar.

Deleuze y Guattari reconocen a Lawrence el haberse inspirado en la guerra marítima utilizando el desierto como un océano. En otras palabras, la disponibilidad de un espacio vacío sin límites en el que moverse a placer para atacar las fronteras estatales, los puestos avanzados, las guarniciones del imperio. Tan sólo un pueblo nómada, que lleva consigo todo lo que necesita, y comparte esta idea del espacio, puede practicar este tipo de guerra. Lawrence lo explica claramente en muchos pasajes y sostiene que era precisamente la autosuficiencia del combatiente árabe a la hora del abastecimiento lo que le otorgaba ventaja sobre el ejército regular enemigo, que, en cambio, al estar estructurado como un árbol, necesitaba largas y vulnerables cadenas de aprovisionamiento, de las raíces a las ramas más finas. Mientras el ejército árabe era el espejo de la sociedad nómada, en constante devenir, el turco reflejaba el estatismo y la complejidad del estado, del imperio, con sus infinitas ramificaciones burocráticas, jerárquicas y despersonalizadas.

En el espacio liso del desierto, como en el del mar, el nómada es el mejor soldado.

El guerrillero, por lo tanto, es esencialmente nómada y no concibe la guerra como conquista y mantenimiento del territorio, por lo que no aspira a cerrar el espacio en las fronteras de lo “propio”, sino a abrirlo y hacerlo atravesable. El hecho es que allí donde el soldado regular ve sólo desierto, el guerrillero ve una red articulada de pistas y líneas por las que desplazarse: un espacio a poblar, que coincide con su mundo y al mismo tiempo lo supera.

[…] hemos visto que la máquina de guerra es la invención nómada, porque es en su esencia el elemento constitutivo del espacio liso, de la ocupación de este espacio, del desplazamiento por este espacio y de la composición correspondiente de los hombres: éste es el único verdadero objeto positivo (nomos). Hacer crecer el desierto, la estepa, todo lo contrario que despoblarla. (Mil mesetas, cap. 12, “Tratado de nomadología”, 1980)

[…] La guerrilla nómada es lo opuesto de un ejército, el universo de signos que vehicula es inversamente proporcional a su fuerza militar. Combate para convencer, no para vencer; para la diversidad, no para la identidad; para transformarse antes que nada a sí misma en el espacio renovado por el viento del que es vector, no para plasmar el mundo a su imagen y semejanza. El viento no se conserva, simplemente sigue soplando, erosionando y moviendo las formas sólidas al mismo tiempo que se desvía.

La naturaleza del movimiento-guerrilla es por tanto reticular y vaporosa, en la medida en que la red de la comunicación puede llegar a coincidir con la del entero devenir social, con las fuerzas vivas que se mueven en el plano del mundo y de los mundos posibles. La resistencia contingente del enemigo es debilitada, invertida, por la construcción de nuevas pistas, nuevos mapas del espacio “desierto” que poblar, sobre las cuales se mueve a la velocidad del viento, y que hacen a la parte adversa prisionera de la propia inmovilidad, dejándola empantanada en la defensa de un simulacro. […]

Los fundamentos de la guerrilla-movimiento son por tanto dos: la movilidad, como mejor forma de defensa; y el pensamiento, como mejor forma de ataque. Sustraerle los blancos al enemigo y “convertir a cada individuo en un ser amigable” son las claves de la victoria.

En una treintena de palabras: hacer de la propia movilidad una metáfora de la mutación social, ser portadores del mismo cambio, actuando por contagio a lo largo de las líneas del desierto, que conducen a cielos y tierras nuevos.

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4) Antonio Negri y Michael Hardt

2009. Acerca de la multitud de los pobres y sus instituciones en Commonwealth.

[El concepto de multitud]

[…] Remontar la historia del término “multitud” presenta un enigma filológico porque hay poco registro textual del discurso y la escritura política de los proponentes de la multitud. La amplia mayoría de referencias en el archivo de textos ingleses del siglo XVII son negativas, escritas por aquellos que quieren destruir, denigrar, y negar la multitud. El término está casi siempre precedido por un adjetivo despectivo para doblar el peso contra ella: la multitud sin ley, la multitud sin cabeza, la multitud ignorante, etc. Robert Filmer y Thomas Hobbes, para citar dos prominentes figuras, buscan negar no solo los derechos de la multitud sino también su misma existencia. Filmer, discutiendo sobre fundamentos bíblicos, proyecta como si ellos fueran históricos, impugna declaraciones, hechas por autores tales como el cardenal Bellarmine, que la multitud debido al derecho natural común tiene el poder para determinar el orden civil. El poder fue dado no igualitariamente por el derecho natural a toda la multitud, afirma, pero a Adán, el padre, cuya autoridad pasa directamente a todos los patriarcas. “Nunca hubo una cosa tal como una multitud independiente, que al principio tuvo un derecho natural a una comunidad”, proclama Filmer. “Esto es sino una ficción o suposición de muchos en estos días”. Hobbes desafía la existencia de la multitud en fundamentos más directamente políticos. La multitud no es un cuerpo político, sostiene, y para que ella llegue a serlo debe convertirse en pueblo, que es definido por su unidad de voluntad y acción. Los muchos, en otras palabras, deben ser reducidos a uno, de tal modo negando la esencia de la multitud misma. “Cuando la multitud está unida en un cuerpo político, y por lo tanto son un pueblo… y sus voluntades virtualmente en el soberano, aquí los derechos y demandas de los particulares deben cesar; y él o los que tienen el poder soberano, hacen por ellos todas las demandas e indican bajo el nombre de él, eso por lo cual antes ellos llamaron en el plural, suyos”. Filmer y Hobbes son representativos de la corriente de pensamiento político inglés dominante en el siglo XVII, que nos da solo una reflexión negativa de o reacción a la multitud. Pero ciertamente la intensidad de esa reacción –el miedo y odio inspirado en Filmer y Hobbes- es testimonio para el poder de la causa.

Otra estrategia para investigar las políticas de la multitud en el siglo XVII inglés sin embargo es volver al campo de la física, puesto que el mismo conjunto de leyes básicas fue pensado para aplicar igualmente a los cuerpos físicos y políticos. Robert Boyle, por ejemplo, desafía la visión dominante que todos los cuerpos existentes están compuestos de elementos homogéneos, simples, argumentando en su lugar que la multiplicidad y la mezcla son primarias en la naturaleza. “Innumerables enjambres de pequeños cuerpos”, escribe, “son movidos a y desde”, y “Multitudes” de corpúsculos son “dirigidos a asociarse, ahora con un Cuerpo, y actualmente a otro”. Todos los cuerpos son ya siempre multitudes mezcladas y constantemente abiertas a nuevas combinaciones a través de la lógica de la asociación corpuscular. Puesto que los cuerpos físico y político obedecen las mismas leyes, la física de Boyle de multitudes ilimitadas inmediatamente implica una afirmación de la multitud política y su cuerpo mezclado. Y de hecho no debe sorprender que Hobbes, entendiendo esta amenaza, argumenta vociferante contra Boyle.

Para completar esta conexión entre las nociones física y política de multitud, tenemos que viajar a través del Canal inglés a Holanda. La física de Baruch Spinoza, como la de Boyle, se opone a cualquier atomismo de los cuerpos puros y focaliza en su lugar sobre los procesos de mezcla y composición. No hay necesidad aquí de entrar en los detalles de sus diferentes epistemologías –entre una teoría racionalista-mecanicista y una concepción corpuscular-experimental- puesto que ambos autores conciben la naturaleza como compuesta a través de encuentros entre partículas elementales.

Los encuentros resultan en la descomposición en cuerpos más pequeños o composición en un cuerpo nuevo, más grande. En la política de Spinoza la multitud es un cuerpo igualmente mezclado, complejo que es compuesto por la misma lógica de clinamen y encuentro. La multitud es así un cuerpo exclusivo en el sentido que está abierto a encuentros con todos los otros cuerpos, y su vida política depende de las cualidades de estos encuentros, si son alegres y componen cuerpos más poderosos o si son tristes y descomponen en otros menos poderosos. Esta inclusividad radical es un elemento que claramente distingue la multitud de Spinoza como una multitud de los pobres –el pobre concebido nuevamente, como no limitado a lo más bajo en la sociedad sino abierto a todo sin importar rango y propiedad. Spinoza, finalmente, hace el paso esencial y decisivo de definir esta multitud como el único sujeto posible de la democracia. […]

[La multitud de los pobres]

Para entender mejor esta conexión entre multitud y pobreza debemos retroceder unos pocos siglos para ver como el mismo espectáculo de la multitud de los pobres enfrentan los tribunales civiles y las autoridades de la iglesia en la Italia del Renacimiento. La orden mendicante de Francisco de Asis predica la virtud de los pobres para oponerse tanto a la corrupción del poder de la iglesia como a la institución de la propiedad privada, que estaban íntimamente conectadas. Los franciscanos dan valor prescriptivo a los lemas del Decreto Graciano –“iure naturali sunt omnia omnibus” (por la ley natural todo pertenece a cada uno) y “iure divino omni sunt communia” (por ley divina todas las cosas son comunes)- que ellos mismos refieren a principios básicos de los padres de la iglesia y los Apóstoles, “habebant omnia communia” (mantener todas las cosas en común) (Actas 2:44). Una discusión amarga, presagiando los acontecimientos de Putney tres siglos después, emerge entre el papado y los franciscanos (y dentro de la orden franciscana) marcando a aquellos que afirman la regla de la propiedad, y así niegan la comunión dictada por la ley natural, contra los grupos franciscanos que creen que solo sobre la base de la riqueza común puede ser creada una sociedad buena y justa sobre la tierra. Solo unos pocos años después, de hecho, en 1324, Marsilio de Padua plantearía la pobreza como la única base para no solo la perfección cristiana sino también, lo que nos interesa primariamente, la sociedad democrática.

A través de siglos de modernidad el término “multitud” no es utilizado en otras partes del mundo con el sentido político técnico que adquiere en el siglo XVII en Inglaterra, pero el espectro de una multitud de los pobres circula alrededor del globo y amenaza la regla de la propiedad en todos los lugares en que arraiga. Aparece, por ejemplo, en las guerras campesinas del gran siglo XVI emprendidas por Thomas Münzer y los anabaptistas contra el príncipe alemán. En la rebelión contra los regímenes coloniales europeos, desde el ataque en 1781 de Tupac Katari sobre el gobierno español en La Paz a la rebelión india de 1857 contra el gobierno de la Compañía Oriental de Indias, la multitud de los pobres desafía la república de la pobreza. Y en el mar, por supuesto, la multitud puebla los circuitos marítimos de producción y comercio, así como las redes piratas que cazan en ellos. La imagen negativa es en este caso, también, la más fuertemente trasladada a nosotros: la multitud es una hidra de muchas cabezas que amenaza la propiedad y el orden. Parte de la amenaza de esta multitud es su multiplicidad, compuesta a veces de combinaciones de marineros, maroons, criados, soldados, comerciantes, trabajadores, renegados, náufragos, piratas, y numerosos otros circulando a través de los grandes océanos. La amenaza es también, sin embargo, que esta multitud socavará la propiedad y sus estructuras de gobierno. Cuando los hombres de poder y propiedad advierten sobre la peligrosa hidra suelta en los mares, ellos no están contando cuentos de hadas sino tratando de aprehender y neutralizar una amenaza política real y poderosa.

[Instituciones de y para la multitud]

[…] Una división de larga data en la historia de la teoría social plantea una línea principal que concibe el contrato social como la base de las instituciones contra una línea menor que considera el conflicto social como su base. Mientras la línea principal busca mantener la unidad social quitando el conflicto social fuera de la sociedad –su consentimiento al contrato le hace perder el derecho a la rebelión y el conflicto- la línea menor acepta el conflicto como interno a y el fundamento constante de la sociedad. Thomas Jefferson contribuye a esta línea menor de pensamiento, por ejemplo, cuando afirma que periódicamente (al menos una vez en una generación, lo que considera es cada veinte años) la multitud debe rebelarse contra el gobierno y formar una nueva constitución. Maquiavelo y Spinoza, otros dos autores prominentes de la línea menor, conciben el conflicto que funda las instituciones a lo largo no solo de los caminos claramente definidos de resistencia y rebeliones contra la autoridad y la opresión sino también, y más importante, las trayectorias fracturadas y cambiantes de conflicto dentro de la multitud. El desarrollo de instituciones sociales puede ser democrático, insisten los autores de la línea menor, solamente si permanece abierto a y constituido por conflictos.

Mientras podemos concebir instituciones solamente a lo largo de la línea principal, la insurrección parece estar bloqueada en un callejón sin salida. Por un lado, las revueltas y rebeliones que no pueden desarrollar una continuidad institucional son rápidamente cubiertas y absorbidas dentro del orden dominante, como piedras que caen en una pileta solamente para ver la tranquila superficie inmediatamente restaurada. Por otro lado, entrando en la forma dominante de institución, que está basada en la identidad, funciona a través de la representación, y demanda unidad y concordia, sirve para neutralizar la ruptura social abierta por la revuelta. Cuanto tiempo hemos oído a líderes de rebeliones que entraron en gobiernos declarar: “Deben ir a casa ahora y dejar sus armas. Nosotros los representaremos”. Un proceso institucional basado en el conflicto, sin embargo, según la línea menor, puede consolidar la insurrección sin negar su fuerza de ruptura y poder. Como vimos en nuestra discusión de las jacqueries, la revuelta se convierte en  poderosa y duradera solo cuando inventa e institucionaliza un nuevo conjunto de hábitos y prácticas colectivas, esto es, una nueva forma de vida. Jean Genet, por ejemplo, en sus viajes entre los refugiados palestinos y fedayines en Jordán y los Black Panters en los Estados Unidos, fue cautivado por el “estilo” de estos grupos, por lo que el significa como la invención de nuevas formas de vida, sus prácticas y comportamientos comunes, así como su conjunto original de gestos y afectos. Sería ciertamente útil, si tuviéramos los talentos y herramientas de los historiadores, investigar como una gama de revueltas contemporáneas han sido consolidadas en formas institucionales alternativas –como, por ejemplo, la fuerza disrruptiva de la rebelión Stonewall de 1969 en Nueva York fue continuada a través de la formación de una variedad de organizaciones gay y lesbianas; como durante la lucha en Sudáfrica contra el apartheid revueltas como la de Soweto en 1976 se convirtieron en parte del tejido de un proceso institucional, como las revueltas obreras italianas en los años ’70 en las fábricas de Porto Marghera, Pirelli y Fiat entre otras fueron prolongadas y desarrolladas a través de la construcción de nuevas formas de comités obreros y otras instituciones políticas, o como la sublevación zapatista en 1994 en México se desarrolló a través de la creación de asambleas autónomas, caracoles o estructuras comunitarias de base, y juntas de buen gobierno. La clave es descubrir en cada caso como (y en que grado) el proceso institucional no niega la ruptura social creada por la revuelta sino que la extiende y desarrolla.

Tenemos ahora varios elementos a mano para una nueva definición de institución. Las instituciones se basan en el conflicto, en el sentido que extienden la ruptura social operada por la revuelta contra los poderes gobernantes y están abiertas a la discordia interna. Las instituciones también consolidan hábitos colectivos, prácticas, y capacidades que designan una forma de vida. Las instituciones, finalmente, son ampliables en que están continuamente transformadas por las singularidades que las componen. Esta noción de institución corresponde estrechamente a lo que llamamos antes “entrenamiento en amor” en que no reducen la multipicidad de singularidades sino que crea un contexto para que gestionen sus encuentros: evitar los encuentros negativos, que disminuyen su fuerza, y prolongar y repetir aquellos alegres, que lo incrementan. Las instituciones así concebidas son un componente necesario en el proceso de insurrección y revolución.

Uno puede llegar a una definición similar de institución basada en las experiencias comunes de actividad productiva en redes cibernéticas. Debemos tener en mente, por supuesto, una serie de mitos que caracterizaron el entusiasmo de algunos de los primeros escritos sobre las implicancias políticas de las redes: que redes no pueden ser controladas, por ejemplo, que la transparencia de las redes es siempre buena, y que el enjambre cibernético es siempre inteligente. La experiencia con tecnologías de redes ha llevado sin embargo al desarrollo de nuevos procesos de toma de decisión caracterizados por la multiplicidad y la interacción. Mientras las viejas elites socialistas usadas para soñar una “máquina de toma de decisión”, las experiencias de los trabajadores de la red y de sus usuarios han configurado una toma de decisión institucional integrada por una miríada de trayectorias micropolíticas. “Devenir el medio” es una línea institucional de construcción de comunicación en que el control colectivo de la expresión en redes se convierte en un arma política. Aquí también encontramos una definición de institución definida por el conflicto y la multiplicidad, compuesta de hábitos y prácticas colectivas, y abierta a la transformación por las singularidades. […]

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5) Antonio Negri y Michael Hardt

[2004] 2006 . “La inteligencia del enjambre en Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio, Barcelona, Paidós, pp. 120-122.

Cuando una red distribuida ataca, acosa al enemigo con un sinnúmero de fuerzas autónomas que golpean un punto determinado, en todas direcciones al mismo tiempo, antes de desaparecer enseguida y regresar a su medio. Desde una perspectiva externa, parece que no tenga forma. Como la red no tiene un centro que dicte órdenes, los que solo piensan de acuerdo con los modelos tradicionales creen que no hay organización de ninguna especie y sólo ven espontaneidad y anarquía. El ataque en red se compara con las bandadas de pájaros o de insectos en las películas de terror: una multitud de asaltantes necios, desconocidos, inciertos, ocultos e inesperados. Pero si se contempla el interior de una red, se observa que sí hay organización, racionalidad y creatividad. Es la inteligencia del enjambre.

Recientemente, los investigadores en inteligencia artificial y métodos de computación vienen utilizando la expresión “swarm intelligence” o “inteligencia de enjambre” para designar las técnicas colectivas y distribuidas de resolución de problemas sin un control centralizado ni la provisión de un modelos global. Postulan que  el inconveniente de las tentativas anteriores de inteligencia artificial era presuponer una inteligencia radicada en la mente individual; aseveran que la inteligencia es fundamentalmente social. Estos investigadores han adoptado la noción de enjambre al observar la conducta colectiva de animales sociales, como las hormigas, las abejas y las temitas, a fin de investigar los sistemas de inteligencia distribuidos y sustentados por agentes múltiples. El comportamiento comunal de los animales puede dar una primera aproximación de esa idea. Consideremos, por ejemplo, cómo las termitas del trópico erigen magníficas estructuras en forma de bóveda comunicándose entre sí. Los estudios creen que cada termina sigue la concentración de feromonas dejada por otros individuos del colectivo. Aunque ninguna termita posee una gran inteligencia como individuo, el enjambre, en cambio, constituye un sistema de inteligencia sin necesidades de un control central. La inteligencia del enjambre se basa fundamentalmente en la comunicación. A los investigadores en inteligencia artificial y métodos computacionales entender el comportamiento del enjambre les sirve para escribir algoritmos que optimizan las computaciones orientadas a la resolución de problemas. También es posible diseñar ordenadores que procesen la información con más rapidez gracias a una arquitectura de enjambre, en vez de utilizar el modelo de proceso centralizado convencional.

El modelo del enjambre sugerido por las sociedades animales y desarrollado por estos investigadores plantea que cada agente o partícula del enjambre es idéntica  a las demás y no posee una gran creatividad propia. En cambio, los enjambres emergentes que vemos en las nuevas organizaciones políticas en red están compuestos por una multitud de agentes con distintos niveles de creatividad, lo cual añade varios grados de complejidad. al modelo. Para comunicare y cooperar, los miembros de la multitud de no necesitan la uniformidad, ni renunciar a la creatividad individual. Siguen siendo diferentes en términos de raza, género, sexualidad, y así sucesivamente. Lo que necesitamos entender ahora es qué inteligencia colectiva puede emerger de la comunicación y la cooperación de tan variada multiplicidad.

Una vez hayamos comprendido el inmenso potencial de la inteligencia del enjambre, tal vez captaremos al fin la metáfora del poeta Arthur Rimbaud cuando, en su bello himno a la Comuna de París de 1871, imaginaba reiteradamente a los revolucionarios communards como insectos. Imaginar las tropas enemigas como insectos es, desde luego, una comparación frecuente. Al narrar los acontecimientos del año anterior en su novela histórica La Débâcle, Émile Zola describe los “negros enjambres” de los prusianos que rompieron las posiciones francesas en Sedan como hormigas invasoras, “un si noir formillement de troupes allemandes“. La imagen de enjambres enemigos subraya la inevitabilidad de la derrota al tiempo que proclama la inferioridad del enemigo; un tropel de insectos de microscópico cerebro. En cambio, Rimbaud toma el cliché bélico y lo invierte para cantar el panegírico del enjambre. En el poema de Rimbaud, los comuneros que defienden el París revolucionario contra las fuerzas gubernamentales que atacan desde Versalles han invadido las calles como hormigas (fourmiller). Las barricadas “hormiguean” de actividad. ¿Por qué Rimbaud describe a los comuneros, que ama y admira, como hormigueros (fourmilières)? La lectura más detenida de su poesía revela una gran abundancia de insectos, muchas veces percibidos auditivamente como zumbido o agitación hirviente (bourdonner, grouiller). Un lector de Rimbaud describe su poesía como “versos entomológicos, música del enjambre”. La resurrección y la reinvención de los sentidos del cuerpo juvenil, tema central del mundo poético de Rimbaud, se realiza en el zumbido y el hormigueo de la carne. Tenemos ahí un nuevo tipo de inteligencia, una inteligencia colectiva, presentida por Rimbaud y por los comuneros.

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6) Reza Negarestani

2008. Cyclonopedia. Complicity with anonymous materials. Re-press: Melbourne.

[Ingeniería de plaga: modelo población de ratas]

“A surface-consuming plague is a pack of rats whose tails are the most dangerous seismic equipment; tails are spatial synthesizers (fiber-machines), exposing the terrain which they traverse to sudden and violent folding and unfolding, while seizing patches of ground and composing them as a nomhuman music. […] Although tails have a significant locomotive role, they also act as a booster opf agility or anchors of infection – rapid changes in position, quick jerks and sudden movements in new directions – and cinephilic machines. As they vibrate, tails prints thousand of traces and images, not on a film but on and trough a space emeshed by the commotion of transient traces, trajectories of disease an fleeting signs; much like a digital wireframe architecture which does not compartmentalize space to fragments of interior and exterior localities, but becomes a free-play and perforated architecture engineered by the swerving motions of sparklinh tail-wire whipping the space. This exhumed architecture composed by tail-twitches can render itself in different modes, becoming gaseosus and terminally epidemic, transforming itself to a diagram of pest incursion rather than an instance of architecture. In a pack of rats, a multitude of tails turns into the probe-head of the entire pack in motion: an omnidirectional acephalic revolution, The New Pest Disorder.”

“True revolution is not to be found in the direction of change of any kind, it occurs when a population tears down its civilian status and unbinds the numerical powers inherent to the evry definition of ‘population’.”

[La guerra como máquina de guerra]

“Parsani notes that, for the Assyrians, ‘war hunts warmachines rather than warmachines hunting each other’. War is fueled by terminal fusions of strategy and tactical multiplicities; everything that emerges from war is a devastating disruption for the configurations, guiding systems and probe-functions of war-machines. According to the occultural and military doctrine of Evil-against-Evil, war produces too much heat for warmachines to bear, to the degree that they begin gradually to melt (tactical meltdown), precipitating a molecular breakdown into diabolical particles. […] Later on, the Axis was vigorously unfolded trough Islam´s military omega of Jihad knowns as Qiyamah or Islamic apocalypse. In Qiyamah, every warmachine must burn, and all modes of military survival — whether belonging to the State or to nomadic insurgencies — must be consumed by the Unlife of War. […] In the model of War-as-a-machine, warmachines´ principle of navigation (probing) or simply C&C (command and control or command and conwuer) becomes impossible at the subjective level. Warmachines are disconnected from their lines of command. Autonomy. The model of War-as-machine has a complex machinery functioning at the level of strategy rather than tactics, swerving particles rather than convergent bodies”

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7) Guerra de cuarta generación (4GW).

Tomado de La ciudad Tecnicolor

La guerra de cuarta generación (Fourth Generation Warfare – 4GW) es una doctrina de guerra que vive una popularidad creciente en estados como China, EEUU, Israel o Venezuela y que en los movimientos sociales/antagonistas ha venido a generalizarse bajo el concepto de “guerra global permanente”. Igualmente, guarda similitudes con los términos de guerra asimétrica, guerra cibernética, conflicto de baja intensidad, guerra contra el terrorismo, etc. La discusión acerca de la guerra de cuarta generación se inicia en 1989 con la publicación de El rostro cambiante de la guerra: hacia la cuarta generación por William Lind (ejército EEUU). Así, y originalmente, la guerra de cuarta generación se basa en una hipótesis de conflicto post-guerra fría, es decir, en el “fin de la historia” (Fukuyama) y la época del Imperio global (Negri, Tiqqun, etc). Por anteriores generaciones de la guerra, se entienden:

 Guerra de primera generación. Arranca con la aparición de las armas de fuego y el monopolio de los estados sobre el uso de la violencia, alcanzando su máxima expresión en las guerras napoleónicas. Las formaciones lineales y el “orden” en el campo de batalla constituyen sus principales rasgos y el enfrentamiento entre masas de hombres, su esencia.

Guerra de segunda generación. Comienza con el advenimiento de la Revolución Industrial proporcionando la capacidad de desplazamiento de grandes masas de personas y el desarrollo de maquinaria bélica. El enfrentamiento de potencia contra potencia y el empleo de grandes recursos, constituye el rasgo esencial de esta generación. La Primera Guerra Mundial es su ejemplo paradigmático y el ejercito clockwork (como mecanismo de relojería, al igual que en una fábrica) su forma característica. Al autor le gusta definirla como “carne para la picadora”.

Guerra de tercera generación. Se caracteriza por la búsqueda de neutralización de la potencia del enemigo mediante la detección de flancos débiles con la finalidad de anular su capacidad operativa, sin necesidad de destruirlo físicamente. La Guerra de Tercera Generación fue desarrollada por el Ejército Alemán en la segunda guerra mundial y es comúnmente conocida como “guerra relámpago” (Blitzkrieg). No se basa en la potencia de fuego, sino en la velocidad, la maniobrabilidad y la sorpresa.

Hasta aquí la explicación clásica. A la hora de definir la guerra de cuarta generación nos encontraremos con más problemas debido a la cantidad de autores que participan hoy en día en el debate. El autor de este texto intentará dar su propia definición basada en la de los actores que ya participan de esta guerra. Así, las principales características que definirían la guerra de cuarta generación6 serían:

1. Asimetría. Por asimetría entendemos un conflicto en que sus actores cuentan con diferentes objetivos -que pueden ya no pasar por la ocupación o anexionamiento de un territorio que caracterizaba a las otras guerras, incluso situarse fuera de reinvidicaciones propias de la modernidad- y recursos. En el caso que enfrenta ejércitos estatales con tropas irregulares (que es el paradigmático de la guerra de cuarta generación) esta asimetría resulta especialmente ilustrativa. Ejemplo: el ejército estatal necesitará por su lado los tremendos recursos económicos de los que dispone para movilizar sus tropas -al igual que puede contar con el apoyo que le ofrece la legalidad- mientras que las tropas irregulares contarán con el apoyo de las poblaciones locales o el conocimiento del espacio como uno de sus principales recursos.

2. Biopolítica. Por biopolítica entendemos un gobierno sobre las poblaciones que se preocupa más por “hacer vivir y dejar morir” que por la vieja expresión soberana de “hacer morir y dejar vivir” (Foucault). Un giro -por explicarlo brevemente- que tiene su base en que la vida es puesta ahora a producir, es decir, entra dentro de los circuitos de valorización capitalista. Lo que se pone en conflicto, por lo tanto, son los “modos de vida” (del griego bios). La biopolítica vendría a lo largo del siglo XIX y XX a ocupar una posición central en el ejercicio del poder a través de diversos mecanismos (de nuevo, Foucault) que inicialmente podrían incluir instituciones disciplinarias (escuela, familia, ejército, psiquiátrico, cárcel, etc) pero progresivamente se desplazan hacía dispositivos llamados de control (gestión del riesgo y seguridad). Así esta biopolítica vendría a ser una pieza fundamental de la guerra de cuarta generación, donde ahora ya no cuenta tanto el enfrentamiento armado (armas de fuego o destinadas a “dar muerte”, se entiende) como otro tipo de armas destinadas a modular -y producir en lo posible- los modos de vida (desde los medios de comunicación -gestión de la información- hasta la policía); pensemos por ejemplo en el american way of life. De ahí -por ilustrativo- la importancia creciente de miembros procedentes de las ciencias humanas, traductores y policías militares en los ejércitos regulares contemporáneos.

3. Nuevas tecnologías. Por nuevas tecnologías entendemos los medios digitales y la “forma red”. Más importante -aún- que las novedades introducidas por los sistemas digitales en la gestión de la información son estas nuevas formas de organización en “red”. Frente a las estructuras jerárquicas, los grandes bloques y los “modos de propagación” lineales que caracterizan los ejércitos clásicos -y a sus posibles oponentes- la guerra de cuarta generación tiende a privilegiar la autonomía, las alianzas y la comunicación en red -viral (Negri y Hardt).

4. Guerra civil/total. Todo ello nos lleva a dos conclusiones, por un lado la importancia creciente de la población civil en el conflicto que ya no es capaz de huir de este y que por lo tanto sufre igualmente sus efectos -viéndose obligado a participar de ella hasta tal punto que la distincción civil/militar tiende a desaparecer. Por otro lado, la extensión del espacio de guerra a todo el territorio en conflicto y no simplemente a una linea del frente. Si quisiéramos poner un símil con los juegos de guerra, la 4GW privilegia el go sobre el ajedrez.

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