El miedo a la democracia

Carlos Diz Reboredo

 

 

Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo.

He aquí uno de los leitmotiv que se han venido escribiendo sobre cartones y paneles, en plazas y acampadas, repetido en las asambleas, desde hace unas cuantas semanas. El lema fue creciendo desde su primera aparición el pasado mes de abril, cuando “Juventud sin futuro” convocó su manifestación incitando a tomar la calle, con una idea bien clara: “Nos habéis quitado demasiado, ahora lo queremos todo”.

Con la elección sintomática de tal leitmotiv no sólo se describía la precariedad de un tiempo-de-vida lamentablemente generalizado, trazando así una problemática social que precisamente por su masificado alcance no necesitaba un rostro que la representara (“a ti también te afecta”), sino que además tocaba un aspecto fundamental, y profundamente significativo, sobre el que quiero plantear una pequeña reflexión.

El miedo. El miedo se convertía en un elemento invocado, algo que los manifestantes parecían haber superado, algo que situaban al margen de sus acciones; se invocaba para desterrarlo de la plaza pública. Transformar el mundo cotidiano en mundo político y hacer de la política un arte cotidiano de reapropiación de la vida parecían ser motivaciones de peso que explicaban los levantamientos del 15 de mayo. El miedo, en cambio, no había sido desterrado por completo: circulaba en las relaciones entre los partidos, en las oficinas sindicales, en las conversaciones de quienes no acampaban ni se pasaban por las asambleas… ¿pero de dónde venía?, ¿hacia dónde iba?, ¿cómo se enunciaba?

En 1941, Erich Fromm publicaba su famoso libro “El miedo a la libertad”, donde componía un retrato de aquella generación de entreguerras, sometida no sólo a una psicología del terror y la barbarie, acometida en nombre del progreso humano y tecnológico, sino a las presiones emocionales, corporales y económicas de un capitalismo de sobreproducción y consumo que seguiría extendiéndose en las décadas venideras. Una de sus tesis, que aquí sintetizaré muy brevemente, nos describía a una sociedad industrializada liberada de las ataduras clásicas de la sociedad tradicional, pero encadenada ahora a los nuevos regímenes de consumo. La conquista meritoria de regímenes democráticos parecía asegurar libertades y derechos, pero a la vez los sistemas de producción y consumo generaban grandes dosis de frustración; el sistema producía necesidades que el hombre nunca satisfacía plenamente. Y en este punto, el miedo a la libertad surgía porque, en el camino a ser verdaderamente libres, se hacía indispensable desprenderse de las comodidades que el desarrollo técnico había creado; el miedo a la libertad se manifestaba en la necesidad de renunciar al mundo instituido, con el complejo entramado de relaciones, mercancías, deseos y voluntades que ello implica. En el análisis de Fromm, por otra parte, era la propia democracia instituida la que generaba un conformismo que determinaba el miedo a ser libres: los individuos delegaban, confiaban, tomaban distancia, y como consecuencia perdían la capacidad crítica que en el fondo poseían.

Volvamos a las plazas. Si tomamos la tesis que otros ya han anunciado antes en este blog, según la cual, como efecto y resultado de este proceso movimentístico, la democracia dejaría de ser en el presente que nos habita el continente indiscutible, el marco inquebrantable, el límite sin excepción, para devenir el objeto mismo de discusión, el contenido revisitado, “ya no la norma sino el problema”, nos encontramos con que la ciudadanía movilizada en las últimas semanas tal vez, efectivamente, al usar la democracia como arma, haya perdido aquel “miedo a la libertad”, redirigiendo las herramientas propias del mercado y la información y convirtiéndolas en proyectiles políticos, pero en su giro radicalmente participativo ha despertado un nuevo miedo, “el miedo a la democracia”, a una democracia real, a una democracia directa.

Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo. En las largas horas de discusión en la praza do 15 de maio, entre tiendas de campaña, ordenadores portátiles, murales y malabaristas, la gente intentaba desterrar el miedo. Para unas, no tener miedo implicaba poder decidir y no solamente escoger. Para otros, ya no tener miedo significada dejar de votar  “al menos malo”, dejar de participar en un sistema electoral donde era el miedo, precisamente, quien te empujaba a elegir a unos por temer a otros. No tener miedo era actuar sobre el mundo. No tener miedo era recuperar la vida, recuperar la plaza, recuperar la palabra, recuperar el cuerpo, recuperar la política, recuperar al otro.

El miedo como discurso, como narración, como relación, sugería la necesidad de una réplica. La época del riesgo, de la supervivencia, de la globalización neoliberal, eran la otra cara de la moneda, pero la emotividad y la intensidad de algunas asambleas parecían dejar a la moneda rodando calle abajo. Sin embargo, mucha gente seguía en sus casas, cómodamente instaladas, ajenas al murmullo intempestivo de una multitud desubicada. A su vez, los políticos no decían nada, dejando parlotear a sus silencios. Los primeros tenían miedo, pero todavía no habían aprendido su canción para empezar a cantarla. Los segundos, en cambio, mudos pero rápidos, veían las reivindicaciones de una democracia real, directa y participativa, que otrora fueran sus himnos gastados, como amenazas y golpes a la estabilidad del sistema. El miedo, como las mareas, galopa de un lado a otro, tejiendo un océano insalvable de sueños y despertares.

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2 thoughts on “El miedo a la democracia

  1. mmmm… tempo-de-vida; o medo como flotando sobre unha balanza, como indeciso, por ver de qué lado se deixa caer, por ver de qué lado se derrama, se verte, decanta. Creo que estamos falando desa fina capa ou superficie sensíbel, como a flor de pel, no capitalismo nervioso, a fina capa da susceptibilidade e do medo. Por veces, as situacións tórnanse inestábeis, susceptíbeis de ser insoportábeis, para “un ou outro bando”, dependendo xa dos máis mínimos detalles. É o momento en que o profundo (incluso o máis profundo e inconsciente) se manifesta na superficie; nos xestos incluso, que poden chegar a desestabilizar todo un sistema, derrubar a máis grande arquitectura do poder, neste CMI (capitalismo mundial integrado). Onde está o integrismo? o que non soporta a diferenza? o que comeza xa a estar nun punto de susceptibilidade e nerviosismo tal que os simples detalles tocan e firen o fondo (http://www.lacronicabadajoz.com/noticias/noticia.asp?pkid=71058)? A xestión do medo, das armas, da violencia, da resistencia. A xestión que todas e cada unha de nós temos que facer co noso “eu profundo”; coa nosa esquizofrenia latente, coa escisión que ameaza ás sociedades, ao planeta, a historia, ao patriarcado, á tradición. O grito mudo de Sol, as mans erguidas (mudas tamén) vibrando no ar do movemento, implosión, universo táctil que emerxe, alén do logos, ao seu carón, nunca en contra, nunha nova alianza de espazo-tempo que emerxe.

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