“Habéis construido un ariete”. Recuerdos en el ecuador de Mayo.

Antón Fernández de Rota

 

Camino junto a mi amigo chileno. Nos turnamos para cargar el peso de la gran maleta negra con ruedas que acompaña su viaje. Pronto deberá correr la cremallera de su barriga para acoger, entre disfraces protocolarios o uniformes de trabajo, aunque sin ninguna corbata, los juguetes que va a comprar para sus nietos. Carlos se hizo Rector por cuenta propia, así como Orélie Antoine de Tounens se autoproclamó Rey de la Aracaunía y la Patagonia. “Me planté ahí yo solo, hundí mi bandera y dije a mis colegas de profesión ‘¡esto es una universidad! Muchos pensaron, “está loco, Carlos ha perdido la cabeza”. Pero ahora, donde no había nada más que un hombre abrazado a su tesón, se levanta el Instituto Latinoamericano de Altos Estudios Sociales, todo un experimento en la producción crítica de conocimientos, en la práctica de la pedagogía de la ruptura y una epistemología que habla desde el Sur. A veces hay que lograr ver gigantes de fantasía para que se hagan reales los molinos de viento.

El Instituto prolonga el espíritu con el que fue escrita la biografía de su fundador. A Carlos le sorprendieron en Santiago los yanquis y su lobito, Augusto Pinochet, cuando estudiaba en la universidad. Como allendista que era y es le tocó por suerte la clandestinidad, más tarde el exilió en Lovaina, donde se doctoró. Volvió a Chile de incógnito y un mal día calló, detenido y encarcelado, pero sobrevivió. Poco más tarde fue el dictador quien dio un traspiés, pero la transición a la democracia no pudo jamás librarse de las herencias y cadenas pinochetistas, sus policías, los oligarcas y sus representantes políticos.

Un par de días antes, cenamos en la casa mi familia. Hablamos de la crisis, del auge de la xenofobia y las victorias de la extrema derecha en buena parte de Europa; también de mi generación. Y es que los jóvenes, hasta nuevo aviso, sobramos. Seremos arrojados a la basura. Esperan que allí abajo no revolvamos demasiado. Todos somos migrantes, y todos sobramos: unos no pueden entrar, sino en cupos; otros no se pueden quedar, sino en cupos. Le digo que está a punto de ocurrir algo, que la gente está muy harta. Mi madre no lo ve. “La gente no se mueve; está desganada”. Improviso un argumento acordándome de Portugal, de las imágenes que llegaron de Porto y de Lisboa y del tranquilo fado que agitaba las calles. Allí, en marzo, de la noche a la mañana se gestó por las redes sociales un movimiento del cual no quiso dar parte la televisión española. Las noticias son selectivas. Tampoco hablaron de las rebeliones en Islandia, que desde el 2008 al 2010 derribaron un gobierno, nacionalizaron el principal banco del país, se negaron por referendum a pagar la deuda de los bancos en quiebra, y condujeron, finalmente,  a redactar un nuevo texto constitucional. En Portugal, más tímidos, los indignados tomaron por nombre Geraçao à Rasca. Bloquearon la capacidad de decisión política, hicieron que el presidente Sócrates se tambalease, y lo que es más importante, consiguieron volver a repetir el mensaje: “los que sobramos, aquí, al fresco, todavía no nos hemos congelado”.  Algo como esto último, antes o después, es lo que creía que iba a acontecer en nuestro país. Portugal era el futuro, o eso es lo que pensaba yo, pero sólo porque todavía no me había dado cuenta de que el futuro era ya presente. Cenábamos ajenos al hecho de que, en efecto, ese domingo 15 de mayo era algo más que el ecuador mensual de una primavera cualquiera.

Hasta entonces llevaba un mes y medio rastreando la web, colgando noticias en el Facebook acerca de pequeños intentos que intentaban importar, o mejor dicho, traducir  a nuestro contexto, las luchas habidas en tantos países europeos. No es que aquí no estuviese ocurriendo nada. Pienso en las Asambleas de Hipotecados, especialmente las catalanas. Recuerdo un par de años atrás las redes de V de Vivienda; tipología stencil en negro sobre fondo amarillo: “no vas a tener casa en tu puta vida”. Entre esta red y otras como aquella de migrantes, cognitarios y precarios, el europeo May Day (2001-…) de origen italiano (il precariato sociale si rivela), consiguieron hacer del término “mileurista” un retrato generacional. Pero ahora, dígase con sarcasmo, mil euros es casi un exceso. “Seiscientoeuristas”, “cuatrocientoeuristas”, “no-euristas at all”. Y la precariedad desborda por mucho a los jóvenes. También los viejos, aún con artrosis, tienen que devenir flexibles y contornearse just in time. El fitness laboral, afirman los empresarios, es el camino seguro hacia la producción de empleo y la reactivación de la economía.

Soy miope y vengo postergando por dos años regularme unas lentes que sin duda están descompasadas con mi mirada. Pero no hacía falta tener un ojo afinado para discernir, entre la maleza de la actualidad, ramitas con indicios colgados. En la construcción de la defensa de mi caso no sólo miraba a Islandia, no sólo el movimiento del precariado, la vivienda o los hipotecados. También en marzo, poco después de la irrupción de la generación al fresco que bailaba fados, mientras los nipones en Fukushima intentaban por todos los medios hacer frente al tsunami nuclear, en Londres medio millón de personas arrasaban la city. El recuerdo del “London Calling” de The Clash se volvía una cita irrecusable para quien, con un pasado punk, atestiguaba ahora el retorno novedoso de las quimeras del terror nuclear y la crisis económica. Tan cínico como apocalíptico, entre Three Mile Island y Chernobil, el paro generalizado y la deslocalización industrial, Joe Strummer cantaba al final de los setenta:

The ice age is coming, the sun’s zooming in.
Engines stop running, the wheat is growing thin.
A nuclear error, but I have no fear
‘Cause London is drowning, and I live by the river”

Claro que los indignados de hoy no eran los punks de ayer, y así como lo nuclear es ahora un problema inserto en e inseparable de otro más reciente, el cambio climático, la crisis económica actual no tiene que ver con el inicio de la ofensiva neoliberal y el fin o la desmantelación de la industria y el estado de bienestar, sino con el relativo fracaso de aquello que sucedió al welfare fordista, esto es, la neoliberalización y financiarización de los servicios y las economías. Aún así, hay pequeños canturreos que surcan las décadas. El No Future de los punk es un de ellos. Cada vez que uno entona este tipo de pequeños ritornelos lo hace de manera distinta, puede que sea por completo diferente, y este es el caso, pero algo queda prendado; evoca así conexiones entre tiempos que nos hacen imaginar largos trayectos de resistencia e ignominia. Nosotros, que sobramos, como aquellos sacrificados en los ochenta en el altar de la heroína, tal vez seamos de nuevo una generación sin futuro.

En el marzo del Fukushima y el London Calling, surgió en Madrid un pequeño colectivo que se hizo llamar, así, Juventud Sin Futuro. Partía de la estética de V de Vivienda, stencil negro-y-amarillo. Buscaba una proliferación acentrada y vírica. Repetía el modelo del mensaje directo, lanzado a golpes en negativo: juventud sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo. Toda parecía indicar que buscaban emular aquella generación lusa a la que Deolinda cantaba: “E fico a pensar / Que mundo tão parvo /Onde para ser escravo é preciso estudar”. Pero, al fin, fue el slogan de otro pequeño colectivo, que yo desconocía y que se había gestado por fechas similares, llamado Democracia Real YA!, el que sirvió de detonante. Lo cierto es que casi nadie los conocía; ahí residía su fuerza. Sólo desde el anonimato y a través del anonimato podría ser invocada una multitud que sin todavía reconocerse sentía sed de existencia, y que, en política, sospechaba de cualquiera que tuviese o quisiese hacerse un rostro. Esta multitud, esta revolución, otra vez, como en la Selva Lacandona, como en Seattle, Buenos Aires o Manila, no puede tener quien la represente desde arriba.

Así fue que llamados por nadie los demasiados acudieron sin-nombre a Sol, pero una vez allí no quisieron ya volver a sus casas. Acamparon. Hubo un desalojo; veintiún detenidos y violencia policial. En vano. Volvieron a miles y tomaron el espacio a la fuerza. Entonces, con un golpe maestro, la mejor escuela de traducción castellana supo hacer de la Puerta de Sol una nueva plaza de la liberación al estilo Tahrir. Con el tiempo algunos medios resaltaron el talante cívico y respetuoso de este movimiento. Lo primero con lo que fueron respetuosos: la tradición de la llamada “civilización occidental”. Al fin y al cabo, algo característico de nuestra “civilización” es que nuestras mejores invenciones han sido tomadas de las mejores invenciones de los árabes y otros. Así aprendimos tantas cosas, y ahora comenzamos a preguntarnos, para plantearnos de nuevo, qué es la democracia. En la historia de las tecnologías europeas tomadas de los árabes debemos incluir un nuevo tipo de ariete. Sabemos de la importancia de estos instrumentos; sirven para abrir portalones demasiado pertrechados. ¿Para que podría servir éste? Para tirar abajo los portalones por tanto tiempo cerrados que custodian la definición y limitación práctica de la democracia.

Arrastrando la maleta, de camino a comprar los juguetes para sus nietos ―un par de perritos de peluche y un juego de mesa― hablaba con Carlos en el ecuador de mayo sobre todo esto.

Lo que ustedes han creado aquí es una herramienta. En Chile, durante la dictadura fueron las cacerolas. Todas las noches abrían los vecinos las ventanas y se ponían a golpearlas. Era un ruido ensordecedor y el régimen no podía soportarlo. De nada sirvió que aumentara la represión. De pronto, se escuchaba a lo lejos un ruido de cacerola, muy tímido. Luego unas pocas más, y al final ya todos. Ustedes han creado en la forma de estas acampadas un ariete para derribar puertas. Para deslegitimarlos dirán que son poco representativos, que no saben lo que quieren, esas cosas. Cada generación crea sus propias herramientas de lucha, pienso que ustedes han creado la propia. Esto es sólo el principio. Ahora golpean aquí, luego irán a golpear la puerta de la Moncloa”.

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